Cuando denuncio al ladrón y al canalla sólo al canalla y al ladrón señalo

Cuando llamo ladrón al ladrón y canalla al canalla, sólo al ladrón y al canalla aludo. Ladrones y canallas suelen cobijarse bajo la pudibundez moral, la insulsa descalificación y las leyes dictadas ex profeso para acallar la voz tronante que los desnuda como canallas y ladrones. Nada me produce más satisfacción que contemplar los cadáveres insepultos de ladrones y canallas, aullando sus pútridas carnes las huellas de mi látigo, deambular ululantes en los muladares buscando un rincón para cavar sus tumbas con la sordidez de su moral deshilachada. ¡Silencio ladrones y canallas que, aunque los tiempos parecen favorecer a canallas y ladrones, este espacio es un reducto de la decencia y de la integridad!

6 de octubre de 2013

LA CANALLA DE LAS TIRANÍAS



A sus veintitantos años mi tío Poli fue prisionero de la Seguridad Nacional, la policía política del tarugo ladrón Marcos Pérez Jiménez, porque en una alcabala encontraron unos panfletos sindicales que había dejado, entre los asientos traseros de su carro, algún amigo beneficiado con la “cola” de ocasión en aquellos tiempos de insuficiencia de transporte público. Ya en la sede de la tétrica policía política, un esbirro a tiempo completo le propinó una formidable patada en el estómago que mi tío acusó con la extrañeza por la injusticia.

Y cayó el tirano imbécil y con su huída vergonzosa se desplomó todo el andamiaje de terror que sustentaba su estúpida tiranía. Y en una calle del centro de Barcelona se encontró mi tío con aquel esbirro, que al momento de tenerlo en igualdad de condiciones, despojado de su autoridad espuria, se le reveló como un pequeño guiñapo, remedo de hombre, a quien mi tío levantó con una mano y guindó de una reja de una ventana dejándolo colgado gimiendo por el perdón, venciendo el deseo de desmotarle la precaria humanidad de un formidable vergajazo, de los que mi tío propinaba en la frente a un becerro allá en el llano, para sentarlo de ancas, sencillamente porque comprendió en aquel momento, ante las pataletas de aquel cobarde, que las tiranías son solamente el escenario de hombres inservibles, incapaces de ser algo sin el concurso del poder.

Sin embargo la culpa histórica recae en la cabeza del régimen y escapan, salvo en el caso del nazismo, la inmensa legión de serviles desalmados e inescrupulosos sin cuyo concurso entusiasta no hubiera subsistido el tirano, un pobre tipo asustado, rodeado de guardaespaldas - enfermo mental que se cree inmortal - al que miríada de canallas de toda condición segregan privilegios.

Qué tiranía puede sustentarse sin la complicidad de estas bestezuelas que escupen sobre su historia por codicia. Y es un eje transversal que afecta desde la intimidad familiar del déspota hasta el último portero de la más remota institución del estado fusionado, en apretada síntesis, con la nómina del gobierno. Jueces miserables. Fiscales que satisfacen sus bajos instintos presenciando las sesiones de tortura para afianzar la ausencia de derechos de la víctima. Militares mutados torturadores y asesinos. Funcionarios viles en todas las instancias de poder.

Pero también gente del pueblo como en Alemania o Cuba, donde bandas de descerebrados sacaban a flote lo más perverso de su naturaleza ambivalente para agredir y asesinar adversarios o perseguidos de la tiranía. Fue el pueblo alemán el encargado de señalar a los judíos para que fueran exterminados. En contraposición, la aristocracia alemana salvó miles de vidas.

En Cuba, entre muchos casos contra intelectuales que alertaban el peligro de la revolución, el admirado cantante Benny Moré fue víctima de una salvaje paliza propinada por gente “del pueblo”, ebria del libertinaje prometido por Fidel para someterlo. ¿Cómo se les ocurre a esos intelectuales estar en contra de mi comandante? Y las babas les escurrían por los intersticios del odio por todo aquello que les era inaccesible. Toda esa masa, sin principios éticos ni morales, copa las estructuras del poder para complacer al tirano y hacer posible su dominio sobre la libertad.

¡Así, así, así es que se gobierna! Y cómo florece el espionaje voluntario y el sapeo de amigos y familiares para lograr alguna prebenda que su falta de hombría les impide obtener por su propio esfuerzo. Aquí en Guayana, en las empresas básicas, decenas de inservibles se ocupaban de elaborar listas con los nombres de los disidentes para hacer botar de su trabajo a honestos padres de familia, que tenían la lucidez para vislumbrar la miseria que se cernía sobre esas empresas que hoy son un lamento. Y de esa manera aquellos lastres sociales encontraron el camino que los encumbró a posiciones jamás soñadas.

Malditos inservibles que han llenado las páginas de la historia del más feroz salvajismo. Basta que el tirano brame alguna miseria inhumana como “métanmele 30 años a esa mujer” para que implosione el estado de derecho. Las tres hermanas Mirabal, asesinadas a garrotazos y sus cadáveres lanzados a un profundo barranco, cumpliendo la interpretación de una supuesta orden del dictador Trujillo, de República Dominicana, deberían tener una estatua en cada país latinoamericano como evidencia de la barbarie de la que es capaz un inservible con tal de hacer sonreír al tirano.       

Pero si hay ejemplos de dignidad

Un ejemplo de que sí es posible impedir la legitimación de un tirano, por mucho miedo que se tenga, lo encontramos en el Consejo Supremo Electoral de 1952, presidido por Vicente Grisanti, a quien Pérez Jiménez y los felones del momento, quisieron obligar a firmar actas amañadas para dar visos de legitimidad al fraude que arrebató el triunfo a URD, sin embargo, y a pesar del poder omnímodo de los militares y la amenaza cierta de encarcelarlos si se negaban – de hecho el rector Juan Saturno Canelón fue hecho prisionero - este funcionario, que prefirió la clandestinidad, se niega y renuncia al cargo, acompañado de la mayoría de la directiva, pero nunca falta un inservible, en este caso fue elegido para aprobar la falsificación un fulano que la historia de la infamia recoge con el nombre de Héctor Parra Márquez.

Sin embargo esta estratagema debió ser acompañada de un estado de sitio en todo el país y una brutal represión que desde ese momento pautó el destino del régimen - ilegítimo a pesar de la falsificación autentificada por el inservible necesario - que sucumbió cinco años después, gracias a la valentía de Vicente Grisanti, solapada en la historia por los intereses creados alrededor del poder, la cual debería ser tomada como ejemplo en estos tiempos de nulidades encumbradas, para evidenciar el contraste. Por eso mi profundo desprecio por toda esa canalla envilecida, por codicia o ignorancia, que sustenta liberticidas. Sale pa´llá.         

Rafael Marrón González


Leer más »

LA PATRIA ES LA GENTE



Es conocida la definición de “patria” como “tierra de los padres” o de los antepasados, sin embargo en la praxis moderna, dado el profuso intercambio migratorio, sólo puede significar “tierra de los hijos”, porque nuestra lucha vital por tener una mejor patria está signada por el deseo de poder influir para hacerla digna y próspera para el albergue gentil de nuestros descendientes. Y desde esa perspectiva filosófica, “la patria es la gente” y por lo tanto, todo aquello que lesione la moral pública o los intereses del pueblo es traición a la patria.

Si esta  elemental definición es difundida por los maestros en las escuelas y por los actores políticos, abarcando todas las capas sociales, la conciencia de participación ciudadana y de responsabilidad con el gentilicio, que en nuestro caso es la definición de venezolanidad, se verían fortalecidas exponencialmente, porque sacaríamos el concepto de patria de ese artificioso espacio exógeno al individuo, determinado por el simbolismo abstracto de himnos, estatuas y banderas, regularmente exaltador del pasado militarizado -ni los maestros egregios ni los pensadores cuentan - que la hace tan vulnerable a las apetencias desmesuradas de los cíclicos “salvadores” de patrias, aunque ya algunas naciones están, aparentemente, escapando de esa maldición retrógrada.

Y yo puedo dar fe de lo rápido que los escolares introyectan esta definición que los inserta como parte sustantiva de la solución de los problemas sociales al visualizar conscientemente que si la basura, por ejemplo, se pone en su lugar, la patria, como entidad urbana, tendrá un rostro aseado. Qué si ellos desprecian la violencia, la patria será pacífica. Hoy la patria sufre el insulto de ser considerada una de las más criminales del mundo porque el gobierno inepto perdió el control sobre el lumpen enloquecido por el dinero fácil,  que se dedica a matar y a robar en lugar de a trabajar.

Hasta mediados del siglo XX Venezuela era considerada una nación generosa, porque su gente lo era, además de servicial, trabajadora y honesta. Y no soy de los que creen que a Venezuela la corrompió la fiebre petrolera, sino que fuimos perdiendo las riendas de la sociedad, porque  una serie de gobiernos populistas encontraron un filón electoral en la reproducción irresponsable del lumpen de supervivencia basal, que hoy alarmantemente, por haber alcanzado un porcentaje poblacional irracional, amenaza la estabilidad de la república como propuesta democrática ascensional, y como se refugia en el hábitat de la pobreza como oficio rentable – cómodo hábitat del vivir  a la buena de  Dios - se mimetiza con ella, cuando en realidad es el depredador de su ambiente, de su paz y de su desarrollo.

A esa práctica miserable es a lo que llamamos impúdicamente clientelismo político, en realidad electoral, que ha llevado a no pocos inservibles a la máxima magistratura en estos tierreros latinoamericanos, que parecen impermeables a las lecciones de la historia, porque sus pueblos salivan ante la oferta imposible de vivir sin trabajar, por lo que condenan al ostracismo a todo quien les devele la verdad oculta tras el oropel del discurso justicialista de los codiciosos enfurecidos que se consideran la alternativa final de la humanidad.

Si la patria es la gente…

… La responsabilidad suprema del Estado es con la gente, por lo tanto no es concebible que la gente, que es la patria, haya llegado al extremo de miseria y degradación, propiciada perversamente por el gobierno, que observamos en la actualidad – la infamia de las colas ante la escasez, es un ejemplo - mientras se despilfarran miles de millones de dólares en la promoción mundial de un proyecto político históricamente fracasado, inviable y antinatural, como el que intenta la ignorancia, al servicio del resentimiento social, imponer en Venezuela por la fuerza del dinero petrolero o de las armas de la corrupción y del miedo.

Por ello es imperativo incorporarse a la lucha por el retorno a la vida democrática plena, sin caudillos ni adjetivaciones seductoras, y convertir la escuela en una herramienta de transformación cultural – cultura es conciencia de libertad razonada – porque solamente a través de la cultura, que hoy se reduce a enseñar  medocridades costumbristas que atan al sujeto al pasado, es posible decantar las potencialidades del hombre para su conversión en palanca de progreso por desarrollo.

Esto significa que la educación per se no basta – miles de depredadores sociales son egresados universitarios, una evidencia la puede usted encontrar en la bancada oficialista de nuestra deplorable Asamblea Nacional, para no mencionar la impudicia de los demás poderes públicos – como tampoco han servido las guerras para imponer la conciencia de paz, ni las leyes draconianas para alcanzar la integridad, ni la histeria hipócrita de un presidente para acabar con la corrupción. Así como de nada sirve la condena  al infierno implícita en desear la mujer de tu prójimo.
En conclusión

Un pueblo que busque la solución a sus problemas sociales en la munificiencia de una dictadura militarista, es un inmenso peso muerto colgado al cuello del desarrollo, que imposibilita el progreso general de cualquier nación, por mucha riqueza que le regale la naturaleza. Y en este país hay demasiada gente – y lo peor es que sigue naciendo – sin la menor idea de la importancia de su aporte individual para el progreso personal, familiar y nacional ni ninguna disposición para entender la diferencia entre parásito y hombre, a quien importa un carajo derechos, constituciones y libertades civiles, pues sobreviven bajo el lema “barriga llena corazón contento”, que es lo traduce el eslógan estúpido “vivir viviendo” – ven a mí y te doy tu electrodoméstiquito mientras te mantengas tranquilo y viendo pa´bajo en tu cola, votando por mí y defendiendo la revolución un bolívar pa´ti, un dólar pa´mí. Sale pa´llá.
Rafael Marrón González


Leer más »

EL PODER VIOLA



¿No sería posible que la conciencia inteligente asuma que es el Poder el que viola los derechos humanos y no el Estado?

Con el asunto de los derechos humanos y su exaltación por fanáticos que los han convertido en una nueva religión, se ha creado la falsa percepción de que estos están por encima de los derechos de la sociedad. Y eso no es así. Por ello, los Derechos Humanos, concebidos originalmente para la defensa de los prisioneros por “delitos” de conciencia, se han convertido en herramienta para la impunidad de los enemigos de la sociedad, que observa alarmada como se protegen los derechos de hampones a quienes solo falta violar la ley de gravedad. Eso da vergüenza.

No existe la menor consideración con las víctimas del hampa. Lo que les falta a fiscales, abogados defensores y defensores de los derechos humanos es entalcar a los criminales y cargarlos para sacarles los gases. Y si mueren en enfrentamientos con la policía llegan al colmo de la iniquidad de presionar a los jueces para que condenen a los policías implicados aunque hayan cumplido con su deber, sustituyendo el estado de derechos por el estado de impunidad que  beneficia a los malandros, y perjudica a la sociedad que además de ser víctima de la violencia de estos sociópatas lo es también de la impunidad, por lo que está dispuesta a hacer lo necesario para quitarse de encima la plaga inmisericorde que la azota, porque la sociedad si a algo tiene perfecto derecho es a vivir en paz, sin la amenaza terrorífica de unos criminales agresivo y prepotentes, que te dicen que ellos son tu Dios.

Mi piedad es para las víctimas de esos engendros infernales. Mi sentimiento es para las viudas, mi lástima para los huérfanos, que además de sufrir el desagarrado dolor del asesinato de su padre o de su madre tienen que soportar la impotencia producida por el exceso de defensa y la estúpida clemencia con el homicida. El abogado defensor debe estar pendiente de que se cumpla el debido proceso,  se le otorguen todos los derechos que la ley contempla y de que no se le aplique una pena superior a la establecida para el delito cometido. Pero de allí a trabajar arduamente, buceando en los intersticios legales buscando un desliz para minimizar la pena o lograr la libertad de un criminal comprobado y con prontuario, hay un abismo.

Eso puede tipificarse como complicidad. Ese individuo es tan enemigo de la sociedad como el hampón. Y los defensores de los derechos humanos deben demostrar también, públicamente, que sienten compasión por las víctimas de la violencia, para que su exceso de celo por los derechos del hampón no las convierta también en víctimas de la impunidad. Porque se tornan entonces en vulgares defensores de malandros. Y si se quieren ganar el respeto de la sociedad deben tener mucho cuidado con eso.  Por eso estoy convencido de que es hora de definir ontológicamente al ser humano por la piedad.

Quien por sus acciones evidencie incapacidad para sentir piedad debe sufrir como consecuencia la reducción de sus derechos, hasta llegar a la aplicación del “Capitis deminutio” de los romanos, y despojar a los delincuentes de la nacionalidad venezolana por traidores a la patria, que es la gente. Ya lo decía Bolívar: “La clemencia con los criminales es un ataque a la virtud”. 

El crimen no es inherente a la pobreza

Quien sostenga que la delincuencia es producto de la pobreza es un irresponsable que está criminalizando la pobreza. Los delincuentes son enfermos mentales que usan los escenarios de la pobreza como excusa y son una despreciable minoría que se impone por el terror a la inmensa mayoría honesta y pacífica.

El delincuente no roba para comer. Eso es otro mito sociológico. La gente cree en un delincuente que atraca y sale corriendo a comprarles compotas a sus muchachitos.  Eso es ser bien ingenuo. Y los ingenuos pobrecitistas son los culpables de que las penas a estos sociópatas no sean más severas con su tema regeneracionista. Al delincuente lo impulsan la codicia, la locura por el dinero fácil y los vicios. No el hambre. Y bajo los efectos postizos de la droga, vence su cobardía innata para cometer sus excesos contra la sociedad, que ha introyectado el miedo como un valor cultural. Y si alguno de estos miserables se regenera es por vía de excepción o por que quedó inutilizado en una silla de ruedas y no tiene más alternativas.

Aquí hay mucho teórico que desde su balcón pontifica sin percibir que en sus narices “sociológicas” el hampa se ha constituido en una clase social. La clase F. La impunidad ha generado familias enteras de delincuentes. Desde la abuela hasta el nieto de cinco años. Todos delinquen de alguna manera. Desde el sicariato y la venta de drogas hasta alquilar a las hermanitas para la prostitución.  Encontraron su manera de vivir sin trabajar. Y les gusta ser malandros. Da estatus ser la madre, la hermana o la novia del “picoe´loro”. Disfrutan el miedo que producen. 

El poder viola los derechos humanos

Pienso que hasta que no se asuma que es el poder, en cualquiera de sus formas, y no el Estado, el que viola los derechos humanos, tendremos una posición reduccionista que exacerba el problema en la periferia social. Observamos con estupor como se violan los derechos humanos de los más débiles por el abuso de la fuerza, del dinero o de la autoridad, es decir del poder, sin que la conciencia se sacuda en una vigorosa reacción que ponga coto a tales barbaridades.

¿Estamos conscientes de la imposibilidad física del Estado para atender el enorme problema de la violación de los derechos humanos por el poder de facto? Pienso que es urgente sacar del exclusivo ámbito del Estado la defensa de los derechos humanos, es decir asumir que es el poder el que los viola, e iniciar, a la vez, una formidable campaña de formación de ciudadanos sanos mentalmente que aprecien en la debilidad física del otro un estímulo al respeto de su dignidad.        
     
Rafael Marrón González


Leer más »

SE ALBOROTÓ LA CLOACOCRACIA



Al escuchar el discurso brutal del diputado Vuiton – aquel de la capacidad  bidireccional de DIRECTV -  en la Asamblea del PSUV, descalificando, con un lenguaje intestinal – no hay mejor cuña que la del mismo palo ¿verdad diputado? - derivado de la proyección de sus propias purulencias morales a los adversarios más conspicuos del entreguismo de la patria al fidelismo, que no reconoce la victoria ceenetista ni les da cuartel nacional e internacional ni se arredra ante sus amenazas de cárcel, de demandas, o atentados de bandas delictivas, y amenaza seriamente en deshuesarlos el 8D,  me dio la impresión de estar ya en la presencia de un régimen agonizante, que prescindió de las formas convencionales ante la convicción de su inexorable desaparición del escenario político nacional.

Es la actitud de quien conoce su destino y le importa un comino su historia, pues la imagen de la cuerda le afloja los esfínteres. La prostituta ebria que, iracunda, devela su condición en sociedad. Triste epígrafe para una aventura golpista con aspiraciones de revolución, llevada al paroxismo popular por la manipulación del resentimiento mutado en discurso político por un mortal elemental que se creyó su propio mito y que, una vez desaparecido, el dinero petrolero proveyó de cátedras para el estudio - o búsqueda – de su, y que, pensamiento, cuando en todos sus discursos lo que priva es esa creencia basal, infantil, que aspira la inmortalidad por la irresponsabilidad. Pero, por el pueblo que tenemos, esperanzado por la ignorancia, fue gallo, pero  no hay gallo con dos cabezas. Y muerto el gallo, que era “el gallo” único, se acabó el moquillo.

Lo que queda lo vimos el martes 13 – que coincidencia – en la gallera nacional. Empapados en sus propias excrecencias  - 20 mil millones de dólares de sobreprecio en la compra de plantas eléctricas es apenas una minúscula muestra - demostraron a relevo de pruebas  lo que tanto definí y por tantos años: con aguacates no salen batidos de fresa. Y el extinto lo sabía: - “que será de ustedes cuando yo falte” solía decirles en actitud de resignación ante aquel rebaño de salvajes opulentos, sin un solo talento para disfrutar los beneficios de poder sin enlodarse, y menos para insertarse en la civilización que los sobrepasa a velocidad alucinante. Fieras huyendo hacia adelante con el testuz sumido en el barrial. Desorbitadas apetencias de reconocimiento social sin una sola aptitud para el liderazgo. ¿O es que el diputado Luis Vuiton hasta los pies vestido es líder en algún algo?  Y el presidente de la AN solo es líder en la imaginación de Rafael Poleo, que solía ver “político” en un inescrupuloso con un fusil en una mano y un saco de real en la otra.

Político es Eduardo Fernández que apostó su futuro en la defensa de sus convicciones democráticas, al salir solo, conduciendo su carro, para ponerse al lado del presidente constitucional durante el golpe chavista. En situación similar, Diosdado, según se cuenta, se disfrazó de monja el 11A y así se apareció en una ambulancia a Miraflores, muchas horas después.

La descalificación como síntesis

Descalificar a los adversarios que no pueden reducir es una vieja maña de la secta de asesinos, que en la realidad es el comunismo, para desvalorizarlos ante la masa imbécil, cuya ignorancia es la cruz de su miseria, y poder así deshacerse de rivales de cuidado sin protesta popular, Por ello estas tiranías adjudican cognomentos infamantes para señalar a sus opositores y despojarlos de su condición humana.

Esta jauría que se apoderó del poder por malas artes en Venezuela, cuenta con un extenso aparato comunicacional al servicio del sicariato moral, asquerosa canalla que calumnia por la paga, sin recibir contundencia retributiva alguna por la parte afectada, por aquello de que “somos diferentes”, obviando que Bolívar sentenció que en la lucha contra las tiranías es lícito usar las mismas armas que ellas utilizan, por ello es saludable recordarles a estos exponentes del escupir pa´rriba que si algo abunda en sus altos predios son corruptos asquerosos y conspicuos “maricones” - se dice que en sus tiempos de cadete no se sabía cuando “Tribilín era hombre o mujer” - para usar la expresión del diputado de la fiesta de quince años más opulenta que recuerden los caraqueños, pagada con su pensión de capitán y cuyo sueldito de diputado le permite, según los entendidos,  lucir en TV una chaqueta marca “Brioni”, valorada en 3 mil 150 dólares.

¿Con qué culo se sienta la cucaracha? Lo cierto es que jamás había sido tan certero el ejemplo del ladrón que cuando huye distrae la atención simulando perseguir en lugar de huir, al grito ¡al ladrón al ladrón!  

Y concluyo

Llevo 20 años, seis meses y 15 días adversando radical e intolerantemente – no tengo ombligo “chavista” y a estas alturas chavista es sinónimo, por lo menos, de complicidad - esta farsa corrupta, mentirosa y retrógrada, y este síndrome de colocación final se veía venir, ya que no existe chavismo sin el extinto, y está más claro que el vodka lo que le espera al país en el poco tiempo que le queda en el poder a esta cloacocracia que perdió la bolsita de la vergüenza, reflejando ante el mundo su auténtica naturaleza neandertálica.

Raúl Castro, otro sospechoso de “diversidad sexual”, titiritero de la revolución pacífica, pareciera, por la viajadera a Cuba en los último días, que ha dado la orden de enseriar el asunto y con la excusa del combate a la corrupción del gobierno anterior, después de 14 años viendo para otro lado, perseguir uno a uno a los líderes democráticos – recuerden el homicidio de Oswaldo Payá - hasta descabezar totalmente el movimiento opositor, que no ha cesado de crecer, a pesar de las trampas electoreras, para el espanto cubano. Lo que Castro ignora es que Venezuela sigue siendo un cuero seco, como la consideraba Guzmán Blanco, que si lo pisan por un lado por el otro se levanta. Sale pa´llá.

Rafael Marrón González


Leer más »

3 de agosto de 2013

¿BRAVO PUEBLO?, SI OH


Aristóteles calificó la demagogia como la adulación al pueblo. Es una práctica política nefasta que a través de un discurso adobado con promesas imposibles, pero que el pueblo desea creer, logra conquistar y mantener el poder aún en contra del interés general. El asturiano José Tomás Boves fue el primer caudillo en practicar con excelentes resultados la demagogia en estos tierreros conceptuales. Fue un espontáneo surgido de las entrañas de la guerra, erigido en reivindicador de las clases oprimidas, a quienes ofrecía en venganza y fortuna, la eliminación de todos los blancos venezolanos, para crear una nación, bajo su suprema autoridad de blanco europeo, de indios, negros y mestizos, a quienes en el fondo despreciaba:

Cuando Cajigal le reclamó la excesiva pérdida de vidas en su ejército, contestó que no tenían importancia “porque eran venezolanos”. Y en la respuesta no existe contradicción porque todo demagogo en su interior desprecia que su poder emane de la ignorancia.

La consigna ha sido copiada por otros caudillos como el esclavista Ezequiel Zamora, también pulpero como Boves, que reclutaba tropas para la ¨feberación¨ bajo el señuelo de ir a Caracas a matar a todos los blancos, y además, a todos los que supieran leer y escribir, como expedito método de igualdad social, amparados ambos bajo el mito simplista de la propiedad de la tierra como mágico factor de riqueza. Nada más destructivo que la ignorancia convocada, para la que hay que pedir perdón porque no sabe lo que hace.

Lo cierto es que la demagogia ha redituado pingües beneficios a no pocos políticos, y pre políticos como los actuales que detentan el poder. Mientras el pueblo, cuyo lomo exuda poder omnímodo, es mantenido en la ignorancia necesaria para su permanencia en la pobreza estructural que lo hace fácil presa del discurso populista, en un infame ritornelo infinito.

Soy testigo de primera línea del triste desgaste de los dirigentes comunales, en su tránsito incansable por la utopía del vivir sin trabajar – vivir viviendo - aferrados a una mugrienta agenda de hace quince años. Pero, cuánto orgullo les infla el pecho, asumidos por la perversa mentira que les hace creer que en su miseria subsidiada reside la soberanía que mantiene en la opulencia a la nomenklatura revolucionarios. 

Los asesinos eran venezolanos

Es imperativo, en puridad histórica, insistir en que no son extranjeros los que violan, saquean y asesinan salvajemente en esa época, son venezolanos ignorantes, sin conciencia de Patria, acicateados por la codicia que les promete venganza y fortuna, estímulos prodigiosos para las almas viles.

En memoria de sus víctimas un recuerdo para la barcelonesa Carmen Mercie, sacrificada a lanzazos en el Altar Mayor de la Ermita del Carmen, en Barcelona, por un salvaje realista venezolano, para sonrojo de la patria, llamado Pedro Rondón (a) Maruto. La intelectualidad venezolana sucumbió en las infames degollinas de la salvaje horda ignorante de los venezolanos de Boves y Morales y en los campos de batalla; pintores, músicos, como Juan José Landaeta, poetas, cronistas, escritores, juristas, como Miguel José Sanz, jóvenes valores del pensamiento, todos murieron en esta hecatombe insensata, y con ellos trescientos años de civilización.

Venezuela quedó reducida a la miseria moral e intelectual en manos de voluntades primitivas. Por eso no existe presencia del pensamiento venezolano en las expresiones culturales latinoamericanas de entonces. Le costaría doscientos años recuperarse. Y hay todavía, en ciega ignorancia histórica, quien base su discurso político en la estimulación demagógica del resentimiento social.

Bolívar opina al respecto en el Manifiesto de Carúpano, el 7 de septiembre de 1814: ¨Vuestros hermanos y no los españoles han desgarrado vuestro seno, derramando vuestra sangre, incendiando vuestros hogares, y os han condenado a la expatriación. Vuestros clamores deben dirigirse contra esos ciegos esclavos que pretenden ligaros a las cadenas que ellos mismos arrastran; y no os indignéis contra los mártires que fervorosos defensores de vuestra libertad han prodigado su sangre en todos los campos, han arrostrado todos los peligros, y se han olvidado de sí mismos para salvaros de la muerte o de la ignominia. Sed justos en vuestro dolor, como es justa la causa que lo produce¨.

Revival histórico

Y los herederos de aquellos soldados de Boves y Morales, convencidos por la historiografía demagógica de su eminente participación en el triunfo republicano - olvidan los historiadores contarles como tenía Bolívar que amarrarlos en las noches para que no se escaparan o las veces que tuvo que diezmarlos o que se vio obligado a buscar tropas en la Nueva Granada o que Páez solo llevó a Carabobo 1.500 llaneros cuando Boves llegó a comandar 12.000 - son los que integran las huestes devastadoras que pretenden borrar todo vestigio de civilización en la Venezuela del siglo XXI, surgida de las aulas universitarias una vez silenciados los campos de batalla.

Perversamente, para preservar el poder por la riqueza, en manos de una logia de iniciados carcomidos por la codicia más desaforada de la que tengamos noticia, se concede a la ignorancia atrabiliaria la impunidad para destruir los cimientos del derecho que sustenta la democracia. Y lo triste, que a cambio de su sumisión a la barbarie lo mantienen controlado en colas eternas para procurarse los bienes que antes de este proceso, estaban al alcance de su tiempo en cualquier estante de su barrio. Su única satisfacción real es poder vejar impunemente, con felicitaciones del poder, a los causantes de su envidia atávica, cuya superación es asunto de voluntad y esfuerzo individual.

Cada vez que observo esas sumisas colas infames, repletas de hombres y mujeres en edad productiva, a las puertas de los abastos de nombre heroico o por una bombona de gas o a la espera de transporte o para cobrar una “misión”, y la entrega genuflexa de los beneficios contractuales de los obreros del Estado, recuerdo la estrofa “gloria al bravo pueblo” y me dan ganas de reír. Sale pa´llá.

Rafael Marrón González



Leer más »

LA IRA DE LOS DIOSES



En una de sus imitaciones del caudillo fallecido, experto en inventar atentados de oropel, el señor Maduro amenaza con la “ira de los dioses” “si ellos llegaran a hacerme algo a mi”. De idéntica manera suelen amenazar los malandros a sus víctimas aterrorizadas: “Yo soy tu dios, yo decido si vives o mueres”. Esa sensación de estar ante sus dioses sentiría el cabo Diosny Manuel Guinand cuando era asesinado, nada menos que, supuestamente, por  un teniente coronel, un primer teniente y un sargento primero de la guardia nacional. Dioses todopoderosos ante cuya omnipotencia la vida del humilde soldado no valía nada.

Esa es la ira de los dioses que acabó con la vida de 4.500 venezolanos durante los primeros cien días de gobierno del tronante Nicolás y de su Plan Patria Segura, que por los resultados desastrosos evidencia la intención solapada de militarizar las calles, no vaya a ser cosa. Y es que por toda la república se observan los escombros de la ira de los dioses que se abatió sobre este pueblo ingenuo y esperanzado. La ira de los dioses acabó con el papel tualé, entre muchos rubros de primera necesidad, y dejó los anaqueles de los supermercados, incluyendo los suyos, repletos de peroles plásticos. Y fue la ira de los dioses la que acabó con las posibilidades de empleo digno -estabilidad laboral, salario justo, prestaciones sociales y movilidad social - en el campo y la ciudad.

La ira de los dioses, que entregó la Faja del Orinoco a las transnacionales y PDVSA a los chinos, como también Guayana, si nos dejamos; aventó a los profesionales universitarios a la buhonería para poder subsistir y a los profesores de las universidades a la calle en una huelga indefinida exigiendo salarios acordes con la inflación desatada por la ira de los dioses, que como langostas le cayeron a esta patria cuyos estudiantes han perdido la fe en el futuro y abandonan las aulas del progreso por desarrollo - los dioses de la ira han endeudado de tal manera irresponsable la nación que pasarán generaciones para recuperarse  - para insertarse en la incertidumbre informal de la sumisión por la supervivencia, donde se encuentran estancados los trabajadores, cuyos beneficios laborales y contratos colectivos han sido disueltos en la precariedad por los dioses de la ira, engendros llenos de resentimiento social, odio contra todo quien destaque  y envidia contra la Venezuela que se erguía orgullosa – sin obviar las contradicciones - ocupando un lugar privilegiado en América y el mundo, porque su incompetencia estructural los hacía inservibles para la conducción gerencial de sus instituciones y empresas, como ha quedado demostrado luego de su paso de 15 años por el manejo del Estado, con el resultado que está a la vista de todos:

Fealdad, malos olores, contaminación, delincuencia oficial y privada, crímenes horrendos, secuestros, escasez, deterioro y pobreza. Tome al azar cualquier ciudad de Venezuela y comprobará lo que sostengo: Lo que se respira es miedo. Dígame Caracas. Y tiene Nicolás la desfachatez de amenazar con la ira de los dioses si le pasa algo, cuando es uno de los consentidos dioses de la ira que devastaron, física y moralmente, la nación, pero, gratuitamente, por maldad y estupidez, porque Venezuela nada les hizo para recibir tanto mal, tanta ingratitud.

Es que me parece oír al poeta Andrés Eloy Blanco: “…Los cuatro que aquí estamos nacimos en la pura tierra de Venezuela, la del signo del éxodo, la madre de Bolívar y de Sucre y de Bello y de Urdaneta y de Gual y de Vargas y del millón de grandes, más poblada en la gloria que en la tierra, la que algo tiene y nadie sabe dónde, si en la leche, en la sangre o en la placenta, que el hijo vil se le eterniza adentro y el hijo grande se le muere afuera”.

¿Pero, y esos dioses?

Pero, volviendo a la oración titular - toda palabra que del poder provenga tiene un sentido oculto – pienso, también, en estos momentos extraños por insólitos que vive la política nacional, que Nicolás está enviando señales de radar a todas partes, para curarse en salud y agenciarse lealtades furibundas, por chantaje, de las que hicieron poderoso al extinto, y que cuando habla de “dioses” y su ira se refiere metafóricamente al poder de fuego a su disposición, así como el finado hablaba de “revolución pacífica pero armada”.

Por lo tanto esos “dioses” a cuya ira invoca como amenaza arrasadora, pueden ser, y ojala me equivoque – es un decir - los milicianos cubanos – obedientes so pena de muerte – que en cuantioso número no determinado pero sí imaginable – se habla de decenas de miles - están bajo las órdenes directas de la dictadura cubana que apuesta a la consolidación de su pro cónsul en Venezuela, ocupando posiciones que alarman a las conciencias patriotas auténticas de este país de soberanía en disolución. Y esa es una amenaza cierta, con fusiles y demás aditamentos de matar. Y alto mando en el país con órdenes de estricto cumplimiento.

Y eso explica el súbito valor adquirido  para la campaña “caiga quien caiga” contra la corrupción emprendida por Maduro - luego de 15 años en el cogollito del poder, durante los cuales ni vio ni supo, sí, oh – desde el pasado 24 de junio, en respuesta al desplante sufrido en pleno acto simbólico, que tiene un fuerte tufo a disuasivo de ambiciones camaradas, que están poniendo sus barbas en remojo, según se desprende de la aparición en los medios de comunicación de incondicionalidades “Maduro o muerte” en el establecimiento militar oficialista y de insospechados delfines relegados rasgando sus vestiduras en defensa de la integridad, supuestamente amenazada, de quien les quitó el puesto por una cabeza o por un viaje a La Habana. Y no es para menos. Ya veremos qué pasa cuando Raúl agache el dedo. Sale pa´llá.
Rafael Marrón González



Leer más »

SIN MUJIQUITAS NO HAY TIRANÍAS



En tiempos de barbarie, que creíamos – ingenuos – superados, cuando el déspota se equivocaba en la aplicación de la ley, se consideraba que la ley había sido cambiada, y para esa infamia, el déspota en cuestión siempre tenía a la mano sumisos leguleyos dispuestos a convertir la arbitrariedad en jurisprudencia. Pero, no solamente se reduce al ámbito jurídico esta perversión del alma humana, miríada de fervorosos verdugos de los derechos civiles y de la Constitución, hacen posible el despotismo en cada rincón del hacer ciudadano.

Deficientes mentales creyendo interpretar los deseos del déspota intensifican el sufrimiento del desvalido. Absurdos burócratas obstaculizando el ejercicio de los derechos. Desde el patán que marca a los usuarios en las colas de productos de primera necesidad, convertidos por el despotismo en insumos de control social, hasta el conspicuo magistrado que declara imperturbable la última denegación de justicia. “Ese muerto es mío”, respondió Guzmán Blanco a quien se atrevió a señalarle que el fusilamiento de Matías Salazar era un asesinato, pues la Constitución prohibía la pena de muerte. Guzmán contó, como hoy, con obedientes descerebrados para cumplir la bárbara orden. Canallas y sicarios mimetizados en un “gobierno” mutado en alzamiento contra el estado de derechos.

Todos estos especímenes han pasado ya por la historia de los pueblos - y pasarán, porque la ignorancia es terca en eso de repetir sus errores - uncidos a la estela de infamia de las más abyectas tiranías. Cuántos de estos títeres voluntarios han creído en su efímero momento de gloria, que la inmortalidad los había tocado con su dardo, para comprobar, si es que sobreviven a su destino manifiesto, que aquello de polvo eres y en polvo te convertirás, también es aplicable, inexorablemente, a su perfil histórico, vergonzoso final para tanta pompa revolucionaria.

Los adulantes del patíbulo – en Venezuela los han tenido todos los aspirantes a dioses que registra el degredo de la historia - que usan la justicia para complacer los caprichos del tirano que premia su incondicionalidad a través de la impunidad, fueron caracterizados por Rómulo Gallegos a través de su arquetipo “Mujiquita”, personajillo indispensable cuya sapiencia del derecho le permite dotar las injusticias de impecable formalismo jurídico. Pero nada pueden contra el maloliente tufo a ilegalidad que acompaña sus acciones. Y la sospecha de intereses subalternos a la justicia flota en el aire cada vez que es acusado un ciudadano de la comisión de alguna ilegalidad, de las que afectan, por cierto, a todo el cuerpo gubernamental – por su ostentación los conoceréis. ¿Es culpable el acusado?, no lo sabemos, pero el ensañamiento público, la sentencia anunciada en boca del temporal amo del billete, la forma abusiva como se conduce el proceso, con la participación entusiasta de cuanto segundón ávido de protagonismo lo desee - incluyendo denunciados por similares delitos - hace suponer que algo turbio se esconde detrás de tanta alharaca justiciera. Sobre todo si el acusado pone en peligro con su liderazgo el puesto de algún espontáneo ineficiente, pero de prontuario comprometedor para el establecimiento.

Al corrupto, al corrupto

Porque en estos momentos, el pueblo venezolano es testigo de la súbita aparición de una moralina contra la corrupción - la de los güevones y caimanes adversos -  y vemos, entonces a eminentes monos sabios, que señalan el norte de la honestidad después de quince años de complicidad emocionada – cuando no avarientos comensales del festín de Pantagruel - con el más asqueroso y multitudinario enriquecimiento ilícito a la sombra del poder del que se haya tenido noticias en estos tierreros latinoamericanos. Pero eso sí, hay que acusar también a los roba gallinas de la oposición para equilibrar las cargas, y hacerle creer a la ignorancia que “caiga quien caiga” – por supuesto que “quien caiga” no caerá ni por asomo - la cosa es en serio, y para ello se cuenta, en el cargo preciso, con desaprensivos especialistas en obedecer órdenes siniestras “si me benefician”, como “métanle 30 años a esa mujer”, “a esos comisarios me los condenan ya”; “me meten preso hasta que se pudra a ese banquero que me despreció la hija”; “fabrícale unas pruebas incriminatorias a ese diputado”; “prohíbanle a ese periodista que me nombre”; “me silencian ya Correo del Caroní que tiene la osadía de develar la asociación para delinquir que se enquistó en Guayana”. “Y me demandan por “difamación e injuria” a su director”. ¡Cómo se atreve a tener integridad en estos tiempos de cobardía por la subsistencia en la que tantos, y por tan poco, chapotean a sus anchas, echándole un tirito al gobierno y otro a la oposición! Como usted diga mi general. Y suenan los tacones mujiquitas como premonitorio golpe de mandarria sobre el ataúd de la libertad.  

Ni en cien años el perdón

Pero lo más triste es, y la historia lo revela, que pasada la bestialidad y recobrada la sindéresis cívica, el perdón – una estupidez que garantiza la repetición del agravio – cubre con su manto a la legión de parásitos serviles sin cuyo concurso hubiera sido imposible la arbitrariedad del despotismo, y que suelen invocar en su defensa, cuando llega la hora de pagar por sus obsecuencias – esa hora siempre llega - el miedo a las consecuencias de una negativa a cumplir las órdenes emanadas del poder. Hay que recordarles a estos prescindibles verdugos de la infamia, el juicio de Nuremberg en el cual se demostró que a aquellos oficiales que se negaron a cumplir las órdenes homicidas de Hitler contra los judíos, les pasó absolutamente nada. Es decir, que los asesinos lo fueron a plena satisfacción personal. Por codicia. Como los mujiquitas criollos que esconden la pequeñez de su alma vil detrás de la prepotencia del dinero mal habido. Si algo detesto en esta vida es la imbecilidad social que legitima la degradada presencia de estos patéticos símbolos del escarnio. Sale pa´llá.


Rafael Marrón González
Leer más »

13 de julio de 2013

PERDÓN… ME EQUIVOQUÉ…



En un acto salvaje, de inaudita violencia homicida, impropia de un cuerpo de seguridad ciudadana, veinticinco motorizados de la Guardia Nacional propinaron 59 balazos de alto calibre al vehículo en el cual se desplazaba una madre y sus tres hijas, asesinándola junto con una  de ellas y dejando en estado de gravedad a las otras dos, una con el rostro desfigurado y la pérdida de un ojo y la otra, además de los balazos, con un trauma psicológico de por vida porque fue la que se mantuvo consciente y presenció toda la barbarie y la posterior denegación de ayuda humanitaria, que se logró por la presión de los enardecidos vecinos.

Los homicidas, porque no dispararon para detener el vehículo sino para matar, se equivocaron – perdón… me equivoqué - iban a asesinar a unos delincuentes que supuestamente huían en un carro de características diametralmente opuestas, cuando se cruzaron estas inocentes a su furia demencial. Y a falta de pan, buenas son tortas.

Y el ministro de relaciones interiores, luego de exhortar que “no se politice el dolor”, como si no fuera un asunto de incumbencia política esta actuación salvaje, que debe tener como consecuencia inmediata la prohibición del uso de armas largas en los cuerpos de seguridad – el extinto despojó de este armamento a la Policía Metropolitana - salta a  excusar a su plan “Patria segura” de cualquier responsabilidad en el horrendo crimen, plan que precisamente ha sido objetado por todos los expertos del ramo por considerar que la ciudadanía corre riesgos mortales, pues los militares son entrenados para la guerra, para tierra arrasada, y no para el diálogo con civiles, propio de la policía, es decir que  militar en la calle es como James Bond, se considera con licencia para matar por responsabilidad delegada, como sucedió el jueves pasado en una población tachirense, en la cual fuerzas militares realizaron un operativo contra el contrabando de gasolina con el resultado de un ciudadano muerto, otro herido y una población furiosa por la brutalidad del procedimiento:

“los que fueron testigos denuncian que los del ejército los rociaban con gasolina y por eso las quemaduras y también los sumergían en un tambor con combustible y esa fue la causa de la muerte de uno de los muchachos”.  Pero la creencia militarista – el militarismo es una creencia como las religiones o las ideologías -  es impermeable a las lecciones de la historia y continúa impertérrita en su empeño de imponerse como solución efectiva contra las desviaciones de la sociedad, lo que los ilusos llaman “mano dura” – “así, así, así es que se gobierna” - cuando no hay nada más duro que la ley, porque es inflexible. Lo que hay es que aplicarla.

Es necesario traer a colación el asesinato de seis mineros ametrallados a mansalva por miembro de las fuerzas armadas en la mina Papelón, de los Picachos, La Paragua, estado Bolívar. Y los crímenes como las masacres del Amparo, Yumare y Cantaura cometidos por fuerzas combinadas contra insurgencia en la etapa democrática.

Es que cada uniformado en la vía pública es un sujeto sin rostro cuyo símbolo de autoridad es la mortífera arma larga que, aferrada con ambas manos, presto a disparar sin fórmula de juicio, emite la sensación del fin del estado de derechos, a lo que contribuye la violencia verbal del presidente en ejercicio que, para colmo, en su cruzada contra los corruptos de abajo, declara que quisiera fusilarlos y en la reunión de Caricom ofreció asesoría en el combate a la delincuencia “con rudeza”.

¿Fue ese crimen una demostración de esa “rudeza”? Aunque el asesinato de inocentes no es privativo de los cuerpos militares, sino que abarca a todos los cuerpos de seguridad: en la memoria permanece fresco el homicidio en una alcabala móvil de la hija del cónsul de Chile en Maracaibo, que viajaba a bordo de un vehículo con placas diplomáticas, y la masacre de estudiantes en el Barrio Kennedy, por un grupo enardecido de la policía “científica”, que buscaba un delincuente para matarlo por venganza y terminó asesinando a tres estudiantes de la universidad Santa María e hiriendo a otros tres, uno de los asesinos fue premiado años después, luego de cumplir unos pocos años de prisión, designándolo defensor público, inadmisible para un convicto de un crimen horrendo, que causó conmoción pública. 

Y son incontables los casos de excesos policiales en los operativos en los barrios, en los cuales son ajusticiados presuntos delincuentes bajo la justificación de enfrentamientos. Y aunque en muchos de estos casos la justicia se ha aplicado condenando a los culpables a penas de prisión, también es cierto, y lo demuestra el reciente crimen contra esta madre y sus tres hijas, que la violencia de los organismos de seguridad del estado sigue marcando pauta, encerrando a la sociedad entre la despiadada acción del hampa impune, que comete miles de asesinatos anualmente – 2.485 asesinatos solamente en la Gran Caracas en el primer trimestre de 2013 - y el miedo a las actuaciones policiales en la realización de su labor de patrullaje y control. 

La violencia policial ha sustituido los procedimientos de investigación e infiltración de la delincuencia por los organismos de seguridad, es más fácil exterminar aunque eso no elimine la raíz del problema y amenace vidas inocentes. Pienso que es hora de tomar decisiones al respecto, comenzando, repito, por eliminar el porte de armas largas a la guardia nacional y devolver a los militares a sus cuarteles a los menesteres propios de su responsabilidad constitucional, y someter a los demás cuerpos policiales a una exhaustiva depuración psicológica, pues el “disparen primero y averigüen después”, que el castro comunismo criollo, hoy en el poder, atribuyó calumniosamente a Rómulo Betancourt, parece ser la consigna de unos cuerpos policiales demasiado adictos a jalar del gatillo, a pesar de que en Venezuela no existe – pura teoría - la pena de muerte: Artículo 43. “El derecho a la vida es inviolable. Ninguna ley podrá establecer la pena de muerte, ni autoridad alguna aplicarla”. ¿No es verdad?


Rafael Marrón González
Leer más »

6 de julio de 2013

CIUDAD GUAYANA: UNA ATROZ REALIDAD


Por ese azar concurrente que nos lanza al viento a capricho de los manes, fui testigo del mágico germinar de esta ciudad de arterias vivificantes edificada para el trabajo, y en delirante danza de rugidos mecánicos presencié el surgir de avenidas y más avenidas y autopistas, y calles y urbanizaciones y edificios y centros comerciales donde minutos antes existían cotos de caza. La ciudad cambiaba de imagen cada día. El asombro apenas daba paso al asombro. Y mañana a mañana envejecía la última construcción opacada por algún singular alarde de artística apariencia. Aunque la prisa solía jugarle bromas de mal gusto.

Hablar de construcción en cualquier sitio del planeta era dirigir en cualquier idioma la mano hacia el lugar del mapa donde titilaba la nueva ciudad venezolana. Puerto Ordaz entonces era el sinónimo con el que se solía llegar a Venezuela, y estábamos orgullosos de vivir en la ciudad más pujante del mundo, la más aseada del país, con los mejores servicios públicos, sin desempleo ni buhonería, con una industria formidable, sin contaminación por la responsabilidad asumida de mantener el filtrado permanente de sus emanaciones tóxicas; con el parque metalmecánico más tecnificado y con mayor capacidad instalada de América Latina.

La ciudad a la que confluyeron pobladores de los 23 estados de Venezuela y de múltiples nacionalidades – una nueva Babel – que conjugaron una nueva mezcla racial que ofrendar a la humanidad. Esa ciudad vibró al ritmo de un programa de desarrollo sustentable, por las potencialidades hidroeléctricas del Caroní, que prometía en pocos años convertirse en una potencia mundial del acero y de sus derivados siderúrgicos, vía empresas aguas abajo. Una ciudad que, a la par de su crecimiento urbano e industrial, fomentaba el desarrollo de su capital humano, nuevas generaciones que la conducirían a su mayor esplendor, sin obviar sus proyectos de desarrollo social integral.

Pero le cayó guatepajarito   

A esa ciudad que recordamos con nostalgia los viejos pobladores que la vimos nacer y crecer, le cayó guatepajarito rojo, rojito, como una maldición, asfixiando su fronda, arrasando con todo vestigio de progreso, en un afán de envidia criminal de convertirla en harapienta evidencia del fracaso socialista, pues para la esquizofrenia ideológica no puede existir una ciudad que rompa el esquema de su discurso mentiroso. Y, particularmente, me provoca indignación contemplar como sujetos que llegaron a esta ciudad atraídos por sus ofertas de progreso, se prestaron para traicionarla al apoyar las acciones depredadoras de delincuentes que saltaron en paracaídas sobre sus riquezas, destruyendo sus posibilidades de progreso.

Traidores. Mil veces traidores. La ciudad presenta una imagen de deterioro físico y moral, como la de toda la república. De su antiguo orgullo no queda ni la sombra. Ya, como prueba de su deterioro moral,  se incorporan a su tradición más abyecta, los conductores que, en la vía pública y a plena luz del día, se bajan de sus vehículos y se ponen a orinar con toda tranquilidad, degeneración copiada por no pocos viandantes desaprensivos. Una nueva fauna en el paisaje urbano que, junto con la idiotez congénita de los conductores que se “comen” la luz roja, violando la ley, conculcando el derecho ajeno y poniendo en riesgo vidas y propiedades de inocentes – los accidentes no existen – los taxistas que lanzan sus vehículos contra los peatones, sus clientes potenciales.

Las trancas en la fluidez del tránsito, ya a toda hora, ocasionadas por las anacrónicas “redomas”, invisibles para el gobiernillo regional; la mendicidad y agresiva limpieza de parabrisas en los semáforos repletos de vendedores de artilugios y verduras, los aparcadores a juro que privatizaron las aceras  y las invasiones anárquicas que ocupan terrenos necesarios para la expansión ordenada de la urbe, repletando la ciudad de ranchos insalubres habitados por pobres de oficio, que deambulan su miseria a orillas de las grades avenidas, compiten en contaminación con el estercolero chatarrificado en el que la revolución convirtió las empresas básicas, cuyos ridículos pujos de producción no compensan el tremendo daño ambiental que ocasionan – sus desbordadas lagunas de oxidación amenazan las reservas acuíferas del subsuelo, sus desechos tóxicos destruyen el Orinoco y sus chimeneas escupen enfermedades respiratorias y neuronales – han nacido niños autistas con alúmina en la caja craneana – entre muchas otras - ni las enfermedades ocupacionales de sus trabajadores condenados a la ruina física en plena juventud.

Ni el daño de la corrupción que propicia el relajo inmoral de los grupos de ambiciosos cohesionados por la codicia que las tomaron por asalto, sin obviar el asco visual que sus cochambrosas instalaciones industriales presentan, gracias al sistema “putrefactor” de este proceso de maldad y estupidez, inverso a la idea de desarrollo, cuya inercia mortal ha llevado a Ciudad Guayana a ser considerada una de las ciudades más violentas del mundo – 60 homicidios por cada cien mil habitantes - batiendo record en el asesinato de individuos vinculados al sindicalismo paralelo de la construcción – es fuerte el rumor en esos predios sobre “órdenes superiores” para exterminarlos - y de jóvenes menores de 18 años, que destaca también por la alta densidad de asaltos, atracos y robo de vehículos, y cuyo nauseabundo vertedero de basura – atendido por niños indígenas - se encuentra en sus adyacencias, en un centro poblado que no logra que sus clamores lleguen a los oídos del decorativo gobernador del estado, demasiado ocupado en menesteres de otra índole y en andar a las greñas con el folclórico alcalde de Caroní – el rey del asfalto – acusado por actos de corrupción por seis ediles de la Cámara Municipal - “esperamos que el alcalde de Caroní sea investigado, procesado y condenado, porque la Alcaldía se constituyó en una banda que está acabando con el erario público”, tarde piaron, pajaritos, aunque piaron - que celebra, trajeado con un flux asfixiante, los 52 años de Ciudad Guayana, indiferente a la atroz realidad de su ruinosa estampa que combina a la fuerza con su oceánica incultura. Ciudad Guayana, evidencia triste de la capacidad destructiva de la ignorancia en el poder. Sale pa´llá.

Rafael Marrón González


Leer más »